El consenso en los países nórdicos

Los países nórdicos —Dinamarca, Noruega, Islandia, Finlandia y Suecia— han logrado tener un nivel de ingreso de lo más alto en el mundo combinado con niveles de desigualdad de lo más bajo. Son países capitalistas con incentivos para la innovación y de los más abiertos a la economía global, pero también sostienen fuertes redes de bienestar social que garantizan el acceso gratuito a la educación y los servicios de salud y aseguran un ingreso mínimo para todas las familias. Y hasta la igualdad de género está en niveles envidiables; Dinamarca, desde donde se escribe este artículo, actualmente tiene una reina como jefa de estado y una primera ministra como jefa de gobierno. Hay muchas razones por las que los países nórdicos lograron conciliar la prosperidad con la igualdad. Son pequeñas naciones que vieron coartadas sus ambiciones imperiales en el siglo XIX y volcaron sus energías creativas para adentro. Frente a esto, los campesinos, obreros y pequeña burguesía de ese periodo usaron los fracasos militares nacionales para obtener derechos políticos y económicos por la vía pacífica, derechos que en otros países de Europa costaron revoluciones sangrientas. A partir de los años 30 del siglo XX se empezaron a gestar gobiernos de coalición en estos países que siempre incluían fuerzas de derecha e izquierda, primero para hacer frente a la crisis económica global y luego a los retos de la Segunda Guerra Mundial. Estas coaliciones de izquierda y derecha, con matices distintos en cada país, duraron casi todo el siglo XX, generando modelos que conciliaban el respeto por el dinamismo del mercado con demandas para la solidaridad social y el papel del Estado en la regulación. Entrando al siglo XXI, estos países han enfrentado nuevos retos ligados a la creciente globalización. Éstos han incluido la migración, que ha cambiado la composición demográfica de estos pequeños pueblos, y su inserción en instituciones globales, como la Unión Europea en el caso de Suecia y Dinamarca, que ha limitado su autonomía de acción. Para países que tenían altos niveles de solidaridad social, pero entre un grupo más o menos homogéneo en etnicidad, cultura e idioma, ajustarse a la diversidad adentro y afuera no siempre ha sido fácil. Pero con el mismo estilo de consensos políticos parece que ya están logrando asimilar estas nuevas realidades después de un periodo de turbulencia y de reinventarse como países multiétnicos y globalizados, controlando poco a poco las reacciones xenófobas que surgieron de algunos sectores. Los modelos nacionales no se pueden transplantar de un país a otro, ya que son producto de condiciones e historias muy particulares. Cuando mucho hay principios y prácticas que son dignos de conocerse y que pueden servir de ejemplo en otros lados del mundo. En este sentido, simplemente vale la pena reconocer la tradición de los países nórdicos en construir consensos políticos, algo que ha llevado a que se combine la libertad económica con la responsabilidad social; la competitividad con la solidaridad.

(Fuente: «El Porvenir», México)

 

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